Gregorio Iglesias

Las personas de muchas ciudades del mundo en diferentes latitudes y cuyo número iba en aumento llegaron a asemejarse en algo a mediados del pasado mes de marzo. ¡Vaya novedad!, podrá pensarse con suficiente razón; pues los seres humanos, con independencia del lugar de residencia, la lengua, la nacionalidad, el fenotipo, las prácticas religiosas, etc., mantenemos unos con otros múltiples semejanzas. Por ejemplo en lo que hacemos y en cómo lo hacemos, o sea en hábitos y costumbres. Acordado. Pero esta vez se trata de algo diferente y llamativo, vamos, que nos llama a detenernos en ello, a apreciarlo, a observar y pensar en el asunto. Eso es lo que nos proponemos en este artículo.

Para empezar queremos resaltar que lo distintivo y particular del caso al que aludimos, aquello que asemeja a una proporción creciente de la humanidad, no es una moda, un hábito, una costumbre, un simple comprar la misma línea de prendas o productos. Ni un ver las mismas series en las competidoras plataformas, ni re-enviar los mismos memes en las competidoras aplicaciones, etc. No, nada de eso. 

Esta vez la cosa nos toca directamente en nuestra mismidad, en nuestra corporeidad: ¡touché! Los rostros demudados. 

El ser humano es el ser de la expresión (Eduardo Nicol) y el rostro humano el órgano expresivo por excelencia (Norbert Elias). Nutrida y compleja es la musculatura y las inervaciones que dotan de plasticidad al rostro humano; eso ayuda a entender la versatilidad expresiva de nuestros gestos, así como la nitidez con la que se dibujan líneas y surcos a través de la edad en nuestras caras. Trazos y huellas de la expresión, los gestos. Un gesto: movimiento con sentido. Así se hace expresivo, así dice algo. El gesto es el átomo de la expresión. En el rostro, los ojos fungen como elemento fundamental, son la ‘ventana del alma’ reza el tópico, en cualquier caso ellos también dicen, sus gestos son las miradas.

De modo que durante los inicios de la reciente primavera, ‘eso’ en lo que una porción significativa de la humanidad alcanzó a tener parecido, ha sido un gesto. Uno particularmente polisémico, con varios posibles significados. Ese carácter nos dificulta nombrarlo, pero viene en nuestro auxilio la voz ‘cariacontecido’. La gente comenzó la primavera del 2020 cariacontecida. Con cara de acontecimiento.

Lo cariacontecida que la gente comenzó a andar la más reciente primavera en múltiples ciudades del mundo resultaba un reto y un enigma difíciles, en principio de abordar y a continuación de resolver. Y en ese trance seguimos. 

Marzo de 2020, en algunas sociedades europeas la población va siendo mandatada a quedar en casa, se establece una estricta limitación de la movilidad por el espacio público. En México y Colombia también, con la diferencia de que el decreto de gobierno abarcó únicamente algunas áreas de actividad: escuelas y universidades, espectáculos, liga de futbol, ceremonias religiosas; bares, discotecas y restaurantes. Para el resto de actividades se recurrió solamente a un encarecido exhorto, a una constante conminación a permanecer confinados. 

China, una vez más, como con el descubrimiento y fabricación de la pólvora, del papel, de la imprenta, se habría anticipado con respecto a los europeos y a los americanos y los africanos, pero esta vez con las medidas de atención y cuidado frente a la contingencia sanitaria. Los 11 millones de habitantes de la ciudad china de Wuhan llevaban ya para el 14 de marzo 51 días confinados. Porque China estableció la medida de confinamiento el 23 de enero, Italia el 9 de marzo, España el 14 y Francia el 16 del mismo mes. 

El diccionario de la RAE consigna para ‘cariacontecido,a : que muestra en el semblante pena, turbación o sobresalto.’

Los urbanitas, ahora sí, no sabían bien a bien qué hacer, ¿cómo salir de ese brete en el que estaban metidos? Encima, ¿ellos qué habían hecho para merecer eso? 

Pero, ¿cómo es el gesto cariacontecido? ¿De qué ponemos cara? ¿De acontecimiento? Acontecimiento, ‘un algo que acaece’ de forma generalmente súbita. El acontecimiento entraña o condensa una duración, es decir, el acontecer tiene su alfa y su omega. Con lo cual no es un producto ni un cuerpo o estado de la naturaleza. Porque cuando se habla de un acontecimiento se trata siempre de un cambio que es imprevisible tanto en su ocurrencia como en su devenir. Si el acontecimiento es eso que viene a irrumpir, y más bien a disrrumpir, en la regularidad de la cadencia rutinaria de las cosas, de las actividades –la cual bien puede ser de ritmo acelerado, y aún frenético— entonces dicha cara/acontecida/ será, en principio de sorpresa, susto y sobresalto. 

Hemos dicho ‘en principio’, pero, y ¿a continuación…? Eso dependerá de la densidad del acontecimiento. Digamos, de los espesores que alcance, y el caso es que este acontecimiento en el que perduramos ¡aún!, es singular también en su tempo, pues a día de hoy, ha durado ya una primavera y un verano. Más que el tiempo de las cerezas en Paris, y más que el corto verano… en Catalunya y Aragón. Un lapso más que suficiente como para haber demudado el rostro muchas veces. Pero  ¿qué expresiones hemos venido mostrando? Ciertamente ha sido una variedad.

Lo que aquí consignamos es una particular lectura.

Nos parece que se ha tratado de una variedad alternante de expresiones y combinaciones de ellas: de temor, ansiedad, enojo, fastidio, tristeza y, sobre todo, apareciendo con cada una de ellas así como entre una y otra en su aleatoria sucesión, la incertidumbre. 

Y es que, lo que ha venido sucediendo es de tal magnitud y de tal significación, por no decir contrasentido, que llega a poner en lisa sólidas certidumbres caras al modelo de civilización urbanita de los últimos dos siglos. Entre los efectos de este acontecer en el que permanecemos hay un corrosivo que llega a remover y sacudir grandes y aún monumentales lugares comunes.  Y no estamos hablando de modo figurado, basta voltear a mirar esa suerte de oximorones u oxímoros de bulto (haciendo caso al DPD). El oxímoron es una figura retórica, un tropo del lenguaje. El diccionario de la RAE nos dice, a la letra, que el oxímoron es la <<combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador>> [https://dle.rae.es/ox%C3%ADmoron?m=form].

 Por oximorones de bulto queremos decir: instalaciones industriales y calles en el país más poblado del planeta y, desde hace algunas décadas la fábrica para el mundo, totalmente desoladas: nadie, en las fotografías de Wuhan, China. Estadios de futbol de diferentes ligas y países, vacíos, mientras se juegan partidos a puerta cerrada. Largas noches y altas madrugadas de fin de semana en calles desiertas y silenciosas flanqueadas por locales y garitos cerrados y a oscuras en cualquier ciudad de España. Representación de la pasión y crucifixión de Jesús  en Iztapalapa (ciudad de México) sin masa de espectadores, sólo transmitida por televisión. En el Vaticano el Papa oficia la misa de resurrección en una desierta basílica de san Pedro, sin presencia de fieles. Estados Unidos de América es el país con más personas infectadas de SARS-CoV-2 y con el número más elevado de muertos totales y, ya en abril, ante la virulencia de la epidemia en la ciudad de New York, tuvieron que recurrir a utilizar la isla de Hart, en Manhattan como un cementerio público para los fallecidos por la Covid.  

Amplias y espesas extensiones de lo que eran verdades y/o asuntos dados por supuesto se desgajan del corpus de nuestras certezas, igualito que por el calentamiento planetario los islotes de hielo se desprenden del casquete polar ártico con el bamboleo de una deriva final.  

Y ¿qué sentidos colegimos que se producen de lo que pensamos como oxímoros de bulto? Retomaremos sólo algunos casos para ilustrar nuestras consideraciones. En principio y como un denominador común a los distintos casos, lo que encontramos es una contravención de lo que por inercia “debería ocurrir”. Esto es, un estado de cosas que es una interrupción. Una negación de lo esperado, una alteración de “la normalidad” (lo que habíamos normalizado). Así que decimos, hay un agente o agencia poderosa e invisible, que ha venido a romper normalidades y que al interrumpir la inercia de las cosas nos deja en blanco o, más gráficamente, nos mueve el tapete. Lo que decíamos más arriba: estadios de futbol vacíos, mientras en la cancha juegan, en ligas como la española, la bundesliga o la premier, los jugadores mejor pagados del mundo. O bien, la celebración eucarística más importante del año católico sin fieles, o sea, una asamblea sin participantes, sólo el Papa celebrando en la basílica de San Pedro en el Vaticano. La Semana Santa en Sevilla transcurrió con las calles desiertas. La ‘subida al calvario y crucifixión’ del viernes santo en Iztapalapa, ciudad de México, sin presencia de público. 

Como quiera, dado que para los eventos aquí consignados una parte importante de su ‘jalón’, de su ‘empuje’, está en su dimensión espectacular (como casi todo ahora), la industria de la información y el entretenimiento ha “salvado” la situación. Todos y cada uno de ellos, o casi, se han transmitido por televisión y/o han podido seguirse en internet. 

Pero, es que ¡antes también se podían ver por televisión! Ha sido, pues, una “salvación” pírrica, ya que ninguno de los eventos rescatados por la televisión y el internet es lo que habían venido siendo hasta antes de la primavera del 2020. Entonces eran muy diferentes, por el sólo hecho de que en todos y cada caso estaba ahí la gente, miles y aún decenas de miles, sentados o de pie mirando todos hacia el campo y entonando los mismos cánticos, silbando las mismas pifias arbitrales, gritando las mismas o parecidas lindezas o barbaridades, musitando la misma oración, respondiendo el diálogo en la misa, sacando fotos, grabando videos con el celular, tomándose el selfie etc, etc, etc. 

De modo que, bien visto, no ha habido una salvación sino meros paliativos. Afanes que con urgencia han buscado salvaguardar, restañar las apariencias de nor-ma-li-dad.  Pero, de nuevo ¿qué normalidad? ¡Criaturas de mi vida!

¿A qué normalidad estamos desesperando por ¡volver!? Si se trata de volver a lo que teníamos, ¿a las cosas tal como eran hasta antes de esta sucesión de restricciones diversas por la pandemia?, pues obtusa y ridícula esperanza. Somos más imbéciles de lo que nos gustaría admitir. Porque ha sido esa normalidad precisamente, es decir, aquella, a la que infelices y desgraciados nos aferramos, la que ha provocado todo esto. Ha sido en ella en la que se reunieron las condiciones de posibilidad para esta pandemia. Pero no solamente….

Y venga con lo de “¿qué hemos hecho para merecer esto?” que se preguntan los urbanitas. Pues ya es hora de responder que, “precisamente todo” o, si se prefiere que “lo estrictamente necesario”. Aquella normalidad que era nuestra, de la que éramos habitantes, operadores, usuarios… como queramos asumirnos; aquello que hemos hecho y pugnamos, unas mucho más que otras, por seguir haciendo. Nuestros haceres y omisiones, nuestros ires y venires, nuestras acciones cotidianas, nuestras prácticas sociales, el modo de vida, en suma, en el que bien o mal nos desempeñábamos (sospecho que quienes estaban muy mal no se quejan, pues acaso no distinguen la diferencia entre aquello y lo que ahora, desde la primavera tenemos). Ese modo de vida es, pues, en un sentido amplio pero plenamente justificado la causa de nuestro presente y, a lo que comienza a verse en ciudades europeas: Madrid, Barcelona, Paris, Lyon, Marsella, Nantes, Bordeaux, Bruselas, etc., de nuestro inmediato porvenir.

Como ha dicho el secretario general de la ONU António Guterres, al advertir de señales “preocupantes” de nuevas oleadas de contagio: “la pandemia del coronavirus ha puesto de manifiesto múltiples fragilidades de la sociedad y la economía”. Entre esas fragilidades ha destacado “los ‘inadecuados’ sistemas sanitarios, las ‘enormes brechas’ en la protección social y las ‘grandes desigualdades estructurales’ dentro y entre los países” (El País 07 de Octubre 2020).

El quid de nuestra enojosa e incierta situación atraviesa por lo que ha dicho Guterres, y por el hecho palmario de que líderes políticos, centros de investigación, y muy notablemente empresas privadas del ramo bioquímico y farmacológico, lejos de buscar acuerdos de colaboración, generar consensos, poner en común saberes, instalaciones y trabajar juntos, se hallan, una vez más, enfrascados en la competencia. 

Y los medios de información, esos que nos agobian 24 x 365 X n canales…(por cierto  tuve una pesadilla hace tres días, iba yo caminando por una vereda en una campiña montañesa a la vera de un arroyo por el que fluía un caudal de agua fría y cristalina, no había nadie a mi alrededor, yo avanzaba acompañado del sonido de mis pasos, el trinar esporádico de algunos pájaros, y el rumor del arroyo, entonces ¡oh my god!, al tropezar con una piedra en el camino comenzó a escucharse un avance de noticias)  …Esos medios de información, no paran de mostrar distintos rankings: el de los países con más infectados, el de los países con más muertos totales así como en proporción a sus poblaciones respectivas, etc. Lo mismo para los estados o comunidades y provincias, lo mismo para las ciudades. Medir, comparar. Por otra parte tampoco paran de ir dando informaciones de los países y empresas que hacen vacunas y de cómo van las posiciones relativas en lo que esos medios han terminado de convertir en una especie de carrera. Y en realidad, podemos imaginar con poca probabilidad de errar, que se trata de una carrera desde el principio. La motivación es, patentar una(s) vacuna(s) y así asegurarse una enorme cuota de mercado si no es que acapararlo por entero. O sea, la motivación es posicionarse de la manera más ventajosa en las condiciones en las que se abrirá un mercado tan grande como ávido de la mercancía codiciada: una vacuna. La motivación es quedar ubicado entre quienes más dinero obtengan aprovechando que la sociedad mundial está: una parte enferma de covid-19, otra parte significativa pereció por la epidemia y el casi resto de la humanidad está paniqueado, temeroso, cariacontecido en medio del escenario. 

La humanidad ya conoció, no hace mucho, unas tres décadas, la triste y desgraciada situación de muchas personas, familias y países que afectadas por el VIH-sida no tenían sin embargo la posibilidad de acceder a los antiretrovirales que se habían conseguido y se comercializaban. Todavía en 2013 Médicos sin fronteras denunciaba que las patentes mantenían los nuevos medicamentos contra el VIH a precios inasequibles. 

Así pues, mientras unos compiten por ganar la carrera de las patentes ahora que hay una mundial oportunidad, otros por el mercado de cubre-bocas, de cremas, geles o líquidos desinfectantes, otros compiten por ganarse no tanto la opinión, sino sencillamente el voto de las personas para mantenerse o llegar a puestos de gobierno.

¿Qué cantidad de tiempo, en horas por día destinamos a estar compitiendo? Incluyendo el tiempo transcurrido en idear y fomentar la competencia y el de entrenarnos o formarnos de cara a la competencia. Estamos en una cultura volcada a medirlo todo y a instilar la competencia en todo. 

Y es importante decir que el tiempo que sigamos destinando a imaginar formas de salirnos con la nuestra, individualmente, a costa de los demás, por encima de ellos. Será tiempo que perdamos para colaborar y para imaginar formas de cooperación y de acciones que nos acerquen a la oportunidad de vivir de otra manera. Nosotros merecemos otros modos de vida y no éste en el que desembocamos cariacontecidos; y nuestros hijos y nuestras nietas merecen otras formas de vida. Pero eso lo habremos de propiciar desde hoy nosotros, cada una, con nuestras acciones, aunque aparentemente mínimas, cotidianas. Ignoremos los discursos anónimos de los media; no nos representan, no corresponden a nuestras realidades. Como tampoco corresponden esas épicas de los héroes postizos contemporáneos, construidos por la cultura mediática y del negocio: los futbolistas top: Cristiano, Messi, Neymar etc. Y en general los deportistas, y la gente del mundo del espectáculo y el entretenimiento. No compremos más esas realidades que no son la nuestra, no nos interesemos más por los cotilleos de las vidas de esa gente a la que ni conocemos personalmente. En cambio estamos rodeados de vecinos, de compañeras (ros) de trabajo, de instituto, etc. Dice Nadya Tolokonnikova que cada que compramos algo es como si emitiésemos un voto a favor de que eso (lo que compramos) siga existiendo. Al comprarlo enviamos un mensaje al mercado que reafirma el producto, su impacto ambiental y su modo de producción. ¿Por qué tenemos que ir a la zaga de los lineamientos que nos trace el mercado? ¿Por qué somos como ovejas que vamos a los sitios y usamos los productos que nos ponen enfrente, todavía en los aparadores pero ahora también en internet? Si continuamos con la mirada cautiva en las pantallas, si permanecemos en ‘modo observadores’, meros espectadores  abstraídos en el espectáculo de las mercancías, de los ‘entretenedores’ profesionales (ladrones de atención, ladrones de tiempo) si permanecemos así, entonces seguiremos preguntándonos ante la pandémica condición  planetaria ¿qué hemos hecho para merecer esto? Y podremos estar seguros(as) que no estamos haciendo nada para vivir de otra manera y demudar el gesto.