Reproducimos por su interés y actualidad este artículo sin firmar publicado en el número 3 del semanario anarquista Tierra y Libertad del 29 de noviembre de 1930. G. H. C. /FAI

La piedra se llama piedra para no confundirla con el hierro.

Y si bien es verdad que primero han sido las cosas que los nombres, verdad es también que los nombres fueron inventados después de ser patente la existencia de las cosas y para no dar lugar a confusiones.

Cuando la humanidad sintió la necesidad de clasificarlo todo pudo tener a bien invertir los nombres en su aplicación a los objetos, pero no fue así.

Esto que es una verdad de Perogrullo, sirve de aclaración concreta en ciertos momentos como los presentes, en que una sombra envuelve lo que ha sido diáfano y terminante: la diferencia entre anarquismo y sindicalismo.

La mayoría del pueblo –El pueblo que juzga las cosas por lo que de ellas oye, que siempre es mayoría– se ha hecho un galimatías en la concepción o comprensión de los dos concepros completamente diferentes.

La culpa de esta confusión reside en parte en la actuación de los propios anarquistas. Guiados por un afán orgánico, han empleado sus energías en levantar un edificio sindical para la defensa de los intereses de los trabajadores con el pensamiento de hacer servir el sindicato como medio de difusión anarquista. Pero se ha llegado a olvidar que el sindicato solo es un medio, un organismo de clase, atribuyéndose al sindicalismo aspiraciones que pertenecen al anarquismo. A fuerza de usar verbología anarcosindicalista, para justificar una actuación algo discutible en un organismo de clase, se ha logrado un objetivo ambicioso, que hace identificar en su esencia los conceptos sindicalista y anarquista. Sin embargo el primero no podrá igualar nunca al segundo.

Mientras el anarquismo aspira a la regeneración de toda la humanidad, el sindicalismo no puede aspirar más que a defender los intereses de la clase sindicada.

Si alguna otra finalidad persigue un organismo sindical, no será más que la que sus componentes quieran, al margen de la íntima estructura. Un sindicato que profesa el apostolado católico estará alimentado por la esencia teológica, pero nunca podrá llamarse a ese organismo teología.

Lo mismo puede decirse del sindicalismo revolucionario. Dice éste que aspira a conseguir la liberación humana. Pero ese anhelo no es invención suya: pertenece al anarquismo.

Es libertario el sindicalismo revolucionario español, porque muchos de los que le dieron vida y siguen dándosela, apagan la sed de su austero espíritu, en las claras aguas de la inagotable fuente anarquista. Si, por el contrario, esos individuos tuvieran el espíritu imbuido de teología o autoridad, no sería el suyo más que un organismo amante del orden oficial, castrado y cartujo, a modo del sindicato libre.

Despréndese de todo ésto la consecuencia de que el sindicalismo es lo que quiere que sean sus componentes aparte de su propia justificación de ser.

Nada más absurdo que atribuir esencias al sindicalismo revolucionario que son propias de la vida anarquista.

En principio se dijo en los medios sindicalistas que ésta era una antesala del anarquismo: o bien el único medio para la consecución del ideal ácrata, como si la anarquía tuvierse una determinada antesala, o un camino único para lograr sus aspiraciones. Mucho antes de existir organismos de clase, el anarquismo ya se había abierto paso en el muro de la indiferencia del pueblo.

Pero el sindicalismo ha evolucionado mucho. Tanto, que muchos de sus panegiristas, teóricos y prácticos, dicen solamente que ha llegado a mayor de edad y por lo tanto que se basta a sí mismo para regular la vida social.

Lo único que callan es la manera de organizar la vida social. Callarán siempre o hablarán en vano dando normas. Les es imposible hablar sin negarse a sí mismos. No hay que preparar como se preparan las limonadas, composiciones químico-sociales. El sindicato no puede salirse de lo que es. Al hacerlo deja de ser sindicato, para convertirse en recipiente.

Si intenta solucionar los problemas sociales con una regulación de todas las actividades mediante un sistema centralista entrará en el recinto del socialismo de Marx.

Si por el contrario intenta medidas libertarias, se interna en el campo anarquista. Eso en lo moral.

En lo económico, tendrá que identificarse con el comunismo libre o estatal, el cooperativismo, el colectivismo, etc.

De una forma o de otra, tendrá que amoldarse a los sistemas de otras escuelas; al hacerlo, dejará de ser sindicalista.

El sindicato no es màs que un medio: un medio de defensa de una determinada clase.

Querer perpetuar el sindicato es querer eternizar las clases y con éstas, la riqueza y la pobreza, la miseria y la esclavitud.

Que haya muchos anarquistas que actúen en las filas sindicalistas, no quiere decir que anarquía sea sindicalismo. Aunque tal actuación es muy discutible sobre todo en su calidad de provecho para la anarquía, no se puede imponer, en nombre de la idea una traba a la libre actuación de los ácratas que entregan sus actividades a la formación de grandes núcleos sindicalistas: núcleos éstos que son más cuantitativos que cualitativos. Tampoco es lògico que por tal motivo se confunda una idea con otra. Los camaradas deben hacer lo posible para aclarar los dos conceptos, dándole a cada uno lo que le pertenece y usando los nombres oportunos como se usan los usan los nombres, la madera y el hierro, el agua y la piedra.

Sindicalismo es sindicalismo y anarquismo todo el significado que encierra su propio nombre.

A pesar de que muchos sindicalistas quieren pasar por anarquistas, la anarquía es un fin y el sindicalismo no pasa de ser un medio: un medio igual a otro cualquiera como la cuchara de la que nos valemos para comer. ¿Puede la cuchara confundirse con el propio comer?

Sin cuchara se puede vivir, sin comer no.

Sin sindicalismo puede haber libertad. ¡Sin anarquismo no!