El estudio de Stuart Christie sobre la FAI (1927-1937) analiza las mentiras de la historiografía oficial sobre la Federación anarquista, pero también la errática transición del organismo hacia el centralismo y la colaboración con el Estado en 1936

Stuart Christie in 2015. Photograph: Eamonn McCabe/The Guardian

Nosotros los anarquistas’, Un estudio de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) 1927-1937 de Stuart Christie fue editado en España en 2008. Se trata de un trabajo que, aunque no arroja más luz que la que han podido aportar otros estudiosos del ámbito anarquista, como Gómez Casas, si es importante para contribuir desde el ámbito anglosajón a derrumbar la leyenda negra construida sobre al FAI, especialmente por historiadores e hispanistas de este entorno, considerados como ilustres y rigurosos pero que, al afrontar esta parte de la historia del pensamiento político y social ibérico, no contrastan ni investigan con las herramientas propias de la ciencia histórica. También desautoriza Christie las manipulaciones interesadas de los historiadores del ámbito marxista.

Pero esta crítica desde el anarquismo hacia afuera, también se vuelve al final de la obra crítica hacia dentro, hacia los derroteros que la FAI, junto con la CNT llevó tras el estallido de la Guerra Civil y la dinámica colaboracionista y autoritaria de los ‘líderes’ del anarcosindicalismo que, a juicio del autor, dieron la puntilla a 60 años de anarquismo ibérico.

Mentiras y mitos interesados

Una de las primeras desmitificaciones que analiza el autor escocés es la tesis, muy reiterada entre la historiografía europea y americana, de que la FAI fue una conspiración de la élite anarquista para dominar y controlar a la CNT. Para Christie esta afirmación no se sostiene ya que en la cronología de los sucesos previos a la fundación de la FAI ésta se desarrolló como respuesta directa de los militantes de base a las maniobras de la directiva nacional de la CNT para tumbar los objetivos revolucionarios y la constitución de la CNT, aprobados en el congreso nacional de 1919 y ratificados en el congreso de Zaragoza de 1922. El autor entiende que los militantes de la CNT que crearon la FAI en 1927 no tenían la necesidad de introducirse o de “hacerse con el poder del sindicato” porque “eran el alma de la Confederación”.

Los propios sindicatos de la Confederación, en la Conferencia de Valencia, muestran con claridad que la principal preocupación de la mayoría de los delegados era garantizar que los principios libertarios fijados en el congreso de Saint Imier en 1872 predominaban como referentes del sindicalismo español.

La FAI, insiste el autor, no se crea como un grupo de presión dentro de CNT. Su objetivo fundacional era que los grupos federados tuvieran el compromiso de buscar la unidad de acción con otros grupos en la lucha por la liberación social.

Se analiza aquí el concepto de “trabazón” que Christie explica como esa “relación especial entre los específicamente anarquistas y las organizaciones sindicales y cuyo objetivo era defender el compromiso de la CNT con la solidaridad y la acción directa, protegiendo así al sindicato de la manipulación por parte del comunismo de Estado y de las influencias colaboracionistas”.

Echa también Christie por tierra otro de los grandes mitos creados en torno a la FAI. A menudo los historiadores marxistas y liberales han declarado que la FAI era una organización secreta y elitista. “Pero en realidad la FAI jamás fue una organización secreta, aunque en periodos de represión obviamente se buscaba la discreción. Tampoco es cierto que las reuniones siguieran el ritual masónico. Francisco Carrasquer decía que eran un “foro abierto para la formación de grupos de debate que analizaran los temas que de verdad importaban, la liberación del hombre y la mujer y la revolución social.”

Desde el 1927 hasta 1931 la FAI era ilegal más que secreta. Desde la II República de 1931 la FAI fue una organización que (hasta 1937) se negó a registrarse tal como exigía la ley republicana. Dice el autor escocés que la crisis definitiva que condujo a la desaparición de la FAI como organización anarquista de estructura federal la desencadenó precisamente la decisión de legalizarse.

Tampoco entiende el autor ese interés por dar a entender que la organización anarquista era vanguardista. “Es imposible que la FAI fuera lo que Gerald Brenan denominó un núcleo de pensadores cuya misión era preservar la pureza ideológica del movimiento. Ni tampoco fue “un consejo de acción para organizar movimientos revolucionarios”, añade. “Más bien tenía poca actividad. Básicamente su actividad se reducía a la recepción y distribución de Tierra y Libertad y La Voz del Campesino, de libros de lectura y de debate sobre todo de Kropotkin y de propaganda atea”. Cita a integrantes de la FAI que decían que los que estaban en la organización eran personas “con un mínimo de convicciones anarquistas en relación con su manera de ser y actuar”.

Peirats, añade el autor, cuenta que las actas de la FAI revelan que ésta no pretendía manipular a la CNT, sino colaborar estrechamente con ella. Suma a ello el testimonio de Francisco Carrasquer, que dice que la FAI “no tenía eslóganes y no dictaba ninguna prohibición, excepto la adhesión a cualquier estructura jerárquica. Cada grupo de la FAI pensaba y actuaba como considerara oportuno, sin preocuparse por lo que otros pudieran pensar o decidir”.

En lo que ya no abunda Christie es en la acusación que se hizo en numerosas ocasiones a la FAI de que era una “sección de trabajos sucios” de la CNT. Entiende que la misma acusación, en la que se ha acusado a los militantes de la FAI de “poco realistas”, criminales y psicópatas, deja a las claras la intencionalidad de los que la difundieron de desprestigiar a esta Federación anarquista, fundamentalmente desde el ámbito estalinista.

Ni CNT paralela, ni elitismo, ni matonismo, añade en su estudio Christie y todo ello aunque “los anarquistas no se oponen al principio de liderazgo y de organización, que no significa sumisión a la autoridad concretada. Los anarquistas nunca han negado la autoridad legítima de una persona para ejercer el liderazgo en el sector en el que él o ella sean expertos. Lo que objetan es que dicha autoridad sea coercitiva”.

El estudio del autor escocés analiza la organización de la FAI antes de la llegada de los que llama “planificadores e intelectuales”. Las unidades básicas de la FAI -relata- no eran los individuos sino pequeños grupos de afinidad autónomos formados por militantes anarquistas. “Estos grupos contaban entre tres y diez miembros unidos por lazos de amistad o que compartían objetivos y métodos bien definidos. El reducido tamaño del grupo implicaba una mínima estructura de toma de decisiones, un mayor grado de intimidad y confianza y sus componentes decidían quien era o no miembro del mismo. La lealtad es a los compañeros y al ideal compartido. Eran además muy resistentes a la infiltración policial.”

Abundando en su estructura original, explica que no era un organismo representativo, ni había delegación de autoridad, ni en el seno de los grupos de afinidad. El comité peninsular era simplemente un comité de relaciones y no tomaba iniciativas propias. Los puntos de vista de la FAI eran expresados en forma de declaraciones generales por el comité peninsular. Habla de la primera etapa de la organización, entre 1927 y 1933, “en donde el compromiso de la FAI con la acción directa y la lucha de clases supuso que atrajese a pocos intelectuales. Eran enemigos acérrimos de todos los intentos de comprometer los principios anarquistas fundamentales mediante pactos con la democracia burguesa”, todo lo contrario de lo que ocurriría más tarde.

Sindicalismo contra anarcosindicalismo

Stuart Christie relata en su libro cuál fue la postura de la FAI en la primera crisis interna entre “sindicalistas” y “anarquistas”. Rememora una declaración del comité peninsular en diciembre de 1929 en la que tachaba de ingenua la idea de que el movimiento sindical pudiera ser ideológicamente neutral. “Si los anarquistas retiraban su influencia sobre la CNT otros grupos como el de los comunistas, católicos o cualquier otro rápidamente intentarían llenar el vacío”, decían.

La prensa capitalista la emprendió con la FAI en esta época y lo convirtió en el chivo expiatorio de todo tipo de acusaciones e insultos. El autor cree que el temor del poder a la FAI era infundado y que únicamente perseguía la prensa burguesa y estatista fortalecer las posturas más moderadas de la CNT. “Entre 1927 y 1929 la FAI solo tuvo una existencia nominal. Sus actividades se concentraban en la propaganda anticlerical y a favor del librepensamiento, además de servir de cadena de distribución de la prensa anarquista clandestina”.

Tras la publicación de ‘Inteligencia Republicana’ en marzo de 1930 se produce una colaboración táctica que llevó a la CNT al reformismo y acercó a los dirigentes anarcosindicalistas a los políticos republicanos. Se firmó un documento con el respaldo de Joan Peiró, entre otros, en el que, a juicio de Christie, daban el visto bueno a las tesis socialdemócratas de que la democracia parlamentaria permitiría al movimiento sindicalista lograr beneficios sociales y políticos en el marco del capitalismo.

En el congreso de la CNT de 1931 salen adelante las federaciones industriales. Dice el autor que si la FAI dominara como se decía a CNT “no hubiera salido aprobado este sistema con la derrota abrumadora de los más próximos a la FAI”.

Tanto en la CNT como en la FAI había divisiones. En el sindicato se aplicaba con los términos “treintista” y “faista”, lo que “es una simplificación errónea. A pesar de las apariencias la FAI nunca fue un organismo cohesionado. Había dos tendencias en el periodo entre 1930-1931, la anarcosindicalista y la revolucionaria aunque aparece una tercera tendencia, la intelectual. La primera sacaba su fuerza principalmente de la vieja generación de activistas anarquistas y de los viejos baluartes socialistas de Madrid y Asturias. La FAI asturiana adoptó una posición cercana a la de los grupos de Madrid con respecto a la interpretación y a la aplicación de la lucha social. Ramón Álvarez secretario del comité regional de CNT y afiliado a la FAI era pestañista, es decir estaba en la corriente menos anarquista.

Cuando se lanza el Manifiesto de los 30, los anarquistas sabían que no solo era un intento de adaptar los sindicatos cenetistas a las circunstancias del momento sino que, “implicaba el total abandono de las ideas anarquistas fundamentales de la revolución social como única meta aceptable para los libertarios, siendo un desafío a los deseos de las bases del sindicato” señala Christie.

Recoge el autor el testimonio de Durruti al respecto: “Nosotros, los hombres de la FAI, no somos ni mucho menos lo que mucha gente cree. Pero el manifiesto fue motivo de gran satisfacción para los burgueses del gobierno ¿Cómo pueden querer que estemos de acuerdo con el gobierno actual que hace cuatro días permitió el asesinato de cuatro trabajadores en las calles de Sevilla y que volvamos al infame sistema ingeniado por Martínez Anido y ahora aplicado por el ministro del interior señor Maura? La República española, tal como está constituida, es una grave amenaza para las ideas libertarias y, a la fuerza, a menos que los anarquistas actuemos con vigor, caeremos inevitablemente en la socialdemocracia. Hay que hacer la revolución y hay que hacerla lo antes posible. Nosotros los de la FAI, solo tenemos 2.000 afiliados a la Confederación pero en total podemos convocar a 400.000 hombres”.

José Campos, militante de la CNT decía, en testimonio recogido en el libro del escocés, que el mito de la FAI conspiradora surgió con los treintistas. “Entre los promotores del mito de la FAI hallamos a reformistas que, nacidos en la CNT, tienen poco en común con ella hoy en día”. Y recuerda que la FAI ejercía una enorme influencia sobre todo mediante sus publicaciones y su periódico ‘Tierra y Libertad’

Insurrección de 1932

Ataca Christie también la falsa creencia de que la FAI era la que instigaba siempre las insurrecciones. “Mucha gente cree que el ciclo de insurrecciones que empezó en Figols en enero de 1932 fue organizado e instigado por la FAI, como es el caso de los historiadores Brenan y Hugh Thomas. No tuvo nada que ver con la FAI. Empezó como un conflicto local, completamente espontáneo con un empresario de la zona. Las condiciones laborales de los mineros y los trabajadores del textil catalanes habían cambiado poco con la República. La revuelta se había propagado por el valle y se proclamó el comunismo libertario y después recurrió a los comités regionales y nacional para que respaldara su ejemplo. La CNT envió a militantes para informarse de la situación. Seis días después cuando decidieron convocar una huelga general de solidaridad ya había sido sofocada la insurrección salvajemente. La revuelta no llegó a desencadenar una insurrección a nivel nacional pero fue una alentadora inspiración”.

Por esta época tiene lugar una importante novedad que marcará de manera más concreta los objetivos del anarquismo, Isaac Puente escribe ‘Apuntes sobre el comunismo libertario’. Según Christie “serían las ideas de Puente, más que las económicas de Abad de Santillán, las que sentarían las bases para la resolución sobre comunismo libertario adoptado por la CNT en el congreso de Zaragoza de 1936”.

Y para llegar al comunismo libertario tiene que producirse la revolución social. La cuestión vital es ¿cuándo? El debate sobre el momento para la insurrección posicionó enseguida a los distintos sectores. Los treintistas condenaron las revueltas de Llobregat y Cardoner. Pero “el hecho de que la secretaría nacional no aprobase una huelga de solidaridad en apoyo de los camaradas encarcelados y deportados abrió las compuertas del diluvio que se lo llevaría por delante. Llovieron las peticiones de dimisión de las bases, encabezadas por la de los 200 presos de la CNT de la cárcel modelo de Barcelona. Pestaña se vio obligado a dimitir en marzo de 1932. Ocupó su puesto Manuel Rivas, anarquista revolucionario y de la FAI”.

Este cambio supuso la caída de la ofensiva reformista en el seno de la CNT a finales de 1932 y, según Christie “indicó que la FAI estaba al servicio del principal objetivo que era su razón de ser. La fase activa de la FAI como instrumento de las bases de la CNT se acabó, pero en vez de disolverse o de volver a lo que había sido empezó a llenarse de gente nueva que vio en la FAI un vehículo útil para influenciar a los seguidores de la CNT. El vacío dejado por la militancia anarquista empezaron a llenarlo teóricos y planificadores disidentes que creían desmesuradamenre en su propia visión mecanicista y abstracta de los procesos sociales. A principios de 1933 nació una nueva FAI con un comité peninsular que, contrario a las ideas anarquistas, se atribuyó ciertos poderes”.

El libro hace en este momento un quiebro hacia el análisis, ya no de lo que se piensa de la FAI desde fuera sino de la crisis de la CNT, que también fue de la FAI, como consecuencia de la Guerra Civil.

Pero antes de llegar a esta reflexión, el autor escocés describe la situación.

En el plenario de octubre de 1933 la FAI contaba con cerca de 5.500 afiliados. Se acordó mantener la trabazón con CNT y acelerar la presión de la economía capitalista y la abstención en las elecciones, así como mantener la actividad antimilitarista y el refuerzo de la prensa anarquista-

Entendían que todas las ocasiones deben ser aprovechadas “para dirigir nuestra lucha en el sentido de acción directa revolucionaria”.

La llegada de los ‘planificadores’

A principios de 1934 la mayoría de los anarquistas estaban o escondidos o en prisión y empiezan a notarse cambios en la FAI, tanto en su estructura como en la militancia, explica Christie.

“Y lo que había sido la vanguardia de la militancia de la CNT se convirtió en el caldo de cultivo de una nueva raza de intelectuales, bohemios, gestores y publicistas. Hubo un claro viraje hacia la centralización y un mayor empeño en convertir la FAI en un “centro de excelencia”.

Dice el autor escocés que Abad de Santillán, uno de los intelectuales disidentes que entraron en la FAI en 1933 al regresar de Argentina, fue el principal artífice del alejamiento de lo que él describió como resistencia al capitalismo y del acercamiento a la preparación revolucionaria. “Se obsesionó con la necesidad de hacer una planificación económica y de formular un enfoque ‘científico’ para el anarquismo”.

Obsesionado con la eficacia quiso esbozar un sistema completo. Sin embargo, cuenta Christie, “no habría de pasar mucho tiempo para que la nueva casta de mandarines de los órganos directivos de la FAI se sintieran bastante fuertes para intervenir contra la “desproporcionada” influencia de los elementos “espontáneos e incontrolables” del movimiento, particularmente Los Solidarios/ Nosotros y otros grupos revolucionarios de la clase obrera. Se puso en duda el derecho de disentir de las minorías y se tomaron medidas para expulsar al grupo Nosotros, al entender que eran proclives a un golpe de Estado de tipo bolchevique.

Lo pone en boca de un testigo, José Peirats:

“Recuerdo muy bien la razón exacta por la que deje la FAI, la introducción de lo que empezaron a llamar la disciplina el voto y el cumplimiento de la ley de las mayorías, lo que negaba el precepto de libertad y la pura esencia del anarquismo”.

A finales de 1935 el comité peninsular estaba dominado por el grupo Nervio de Barcelona que lideraba Abad de Santillán. La tendencia del comité era más intelectual que activista y tenían entre sus objetivos inmediatos renovar Tierra y Libertad y cambios en la organización que debilitaba la autonomía de los grupos de afinidad. De hecho, recuerda Christie, el comité peninsular tenía un delegado en cada una de las federaciones locales de grupos y en los comités regionales “para un mayor control”.

En el 36 esa manera de funcionar influyó en una caída de la militancia, que descendió, dice el autor, a 469 afiliados. “En dos años la FAI había perdido 2.000 afiliados.

Y llegó el alzamiento fascista y la Revolución de 1936. En ese momento CNT, FAI y FIJL se vieron atrapados, según Christie, entre revolución social, fascismo o democracia burguesa. “Prefiriendo la derrota a una victoria pírrica, la directiva anarquista catalana renunció al anarquismo en nombre de la eficacia y suprimió de su agenda la revolución social. El fatal devenir hacia el reformismo de la organización se materializa el 21 de julio con una “precipitada” asamblea del comité regional de la CNT en la que para Christie se abandonó la idea de ir a por el comunismo libertario, gracias, entre otros, a Montseny y a Abad de Santillán, señala el autor. “Se hizo sin consultar a la militancia. Los delegados, convocados con precipitación e ignorando el asunto que tenían entre manos, rechazaron los principios fundamentales de la CNT. Esto lo decía García Oliver, que defendía el comunismo libertario como objetivo inmediato. Comentó con ironía que la gente que había impulsado en ese momento el reformismo no habían sido precisamente los treintistas sino los faistas. No me cansaré de recalcar el carácter crucial de esta decisión que cambió el curso de la revolución. Fue en efecto un reconocimiento por parte de los dirigentes de la CNT y FAI de que las ideas que habían defendido en relación a la transición desde una sociedad estatista y capitalista al comunismo libertario simplemente no eran útiles debido a las circunstancias de la guerra. Eso reflejó la debilidad de la CNT y la FAI. Pero la oposición de García Oliver por fidelidad a sus principios a la colaboración, fue efímera”, en referencia a que pronto entraría a formar parte de los principales comités y gobiernos. Sentencia Chrtistie que la CNT y La FAI se acercaron inexorablemente al aparato del Estado, hasta entonces su principal enemigo.

“Desde el 21 de julio, la FAI dirigida por Abad de Santillán dejo de funcionar como entidad independiente. La trabazón y la Guerra Civil fundieron a ambas organizaciones. El precio fue la renuncia formal a los principios anarquistas. El 27 de julio, Mariano Vázquez, faista y secretario regional de CNT de Cataluña, se reunió con el cónsul británico en Barcelona y le prometía que la CNT aportaría guardias para garantizar que los trabajadores no socializaran las 87 empresas en que Gran Bretaña estaba interesada. Habiendo tomado la decisión unilateral de abandonar el comunismo libertario como objetivo inmediato, los dirigentes tuvieron que convencer a las bases de cambiar los ideales alimentados por tres generaciones de activistas (ideales por los que infinidad de militantes habían muerto, sido torturados o encarcelados)”.

No todo el movimiento libertario siguió el derrotero del reformismo y la política de salón. En Aragón y en Levante la revolución sí avanzaba, de manera muy distinta a Cataluña en donde entendían que la unidad antifascista conllevaba el compromiso y los pactos con los partidos burgueses y marxistas, lo que “les hizo apartarse del proceso de toma de decisiones a las bases, obviando además el papel de nacionalistas y socialistas en la represión tanto en la dictadura de Primo de Rivera como en los primeros años de la República (Casa Viejas)”.

Nunca se apagó, sin embargo, aunque se intentó, el empuje de los que consideraban que la guerra y la revolución eran inseparables. Lo defendían precisamente los militantes más activos y comprometidos que salieron a luchar en las columnas aragonesas y levantinas, aunque aislados por el frente tenían pocas posibilidades de propagar sus opiniones en los medios de la Confederación, por otro lado controlados por los dirigentes proclives a aparcar para mejores tiempos la revolución social.

Así las cosas, a finales de 1936 el comité peninsular de FAI empieza a reafirmar su autoridad organizativa y la necesidad de reestructurar la organización y reclutar nuevos miembros para hacer una organización grande, sólida y cohesionada.

La distancia entre la base y la cúpula se incrementó todavía más: “una concesión llevó a otra hasta que los “notables” se transformaron en serviciales y maleables agentes del Estado. Se legalizó la FAI, que dejó de ser un organismo federal de grupos de afinidad autónomos para transformarse en una organización política centralmente coordinada y abierto a todos los que quisiesen entrar en ella. Los acontecimientos de mayo de 1937 dieron a los líderes de la FAI la justificación que necesitaban para reforzar la disciplina. A finales de agosto de 1937, con la disolución del Consejo de Aragón, el último baluarte de la práctica anarquista, la revolución española, quizá el experimento social más profundo e inspirador de la historia, se acabó”, sentencia Chistie.

F. Romero. Publicado en el número 385 (febrero 2022) de TIERRA Y LIBERTAD