Velada poético-política-musical organizada el 30 de abril por el grupo anarquista Higinio Carrocera

Una canción atrae por la música y perdura por la letra

Boris Vian

La frase de Vian puede aplicarse perfectamente a Georges Brassens.

Con Georges Brassens topamos con un espécimen mitad juglar, mitad trovador, en breve, “puñeteramente medieval”, pero que vivió, amó, compuso y cantó en el siglo XX.

Nació en 1921 en Sète en la región de Provenza, en el mediterráneo francés. Antiguamente Occitania, tierra de trovadores, de herejes y de un modo del amor, el provenzal. En algunos versos de trovadores medievales de la Provenza se reivindicaba el derecho al amor carnal, y no sólo para los varones sino también para las mujeres. Y algún estudioso sugirió que en él «se erige a la mujer en complemento indispensable para un destino metafísico; ya no es objeto de pecado o de perdición…pues el amor era principio generador de riqueza interior y de todo proceso moral» (R. Chao). La Provenza junto a Languedoc y el sur del Ródano fue aquella tierra donde los heréticos Cátaros negaban toda noción de jerarquía y habían abandonado los templos. Todo lo cual provocó la furia de la católica Roma, que entonces desencadenó la llamada ‘Cruzada Albigense’ (siglo XIII), con la consecuencia de la desaparición de Occitania, quedando sus territorios integrados y su cultura subsumida al Reino de Francia. De aquel trasfondo histórico, de ese ‘humus’ cultural, podemos encontrar elementos directrices en el cancionero de Brassens.

En los años de la II Guerra mundial, Brassens fue desertor del STO (Servicio de trabajo obligatorio) impuesto por los alemanes invasores a los varones franceses. Y una vez finalizada la contienda, se afilió a la Federación Anarquista y comenzó a ser colaborador regular de Le Libertaire, órgano oficial de la Federación. Pasaría luego a ser corrector y aun encargado editorial del mismo, en ese orden cronológico. En sus diatribas firmadas con seudónimo, Brassens tomó como objetivos a vapulear a los representantes de los aparatos represivos del Estado: el militar, el juez, el político, y muy especialmente los gendarmes –policías-. Como en el guiñol, opera una suerte de justicia poética. Es a los dignatarios, uniformados y emperifollados de galones, togas y demás insignias, a los que en las crónicas de Brassens y más tarde en sus canciones, les toca recibir el escarnio y las patadas en el culo.

En un célebre encuentro Brassens comentó: «Lo que tiene de inspirador la anarquía es que no existe un verdadero dogma. Es una moral, una forma de concebir la vida.»

Pensamos con Agustín García Calvo, «que lo que de Georges Brassens haya de vivo será en sus canciones donde esté viviendo […] y así, lo que toca es usarlas, cantarlas, repetirlas de memoria, y hasta esto de intentar hacerlas sonar en otra lengua.» (Agustín García Calvo.)

El propio Brassens comentó de su ‘saber hacer’: «Tengo cierto talento para unir unas palabras a otras, pero no creo que se trate de verdadera poesía; es una especie de habilidad, de sensibilidad poética, una ternura que pongo en mis canciones» (En Ramón Chao).

El arte de Brassens penetra en el envoltorio de la música porque no es presuntuoso, ni hermético, ni indescifrable; es la poesía de la vida cotidiana, en la que se reflejan las preocupaciones, sueños y mezquindades de un gran sector de franceses. Las compone con los objetos más sencillos de uso diario (pipas, árboles, zuecos, pan, etcétera), relacionándolos con sentimientos y actitudes. Performa su lenguaje con palabras arcaicas, caídas en desuso y resucitadas, así como con términos campesinos, no puede llegar a formular ideas muy complejas y se limita a reflejar la «pequeña filosofía» que se place en explicar el autor:  mofarse de la muerte para exorcizarla, mostrar las taras mentales de la burguesía, dando a entender que más vale ser pobre y honrado que rico y bobo; una filosofía que incurre en el terreno de la teología, para recomendarnos la práctica de las buenas acciones «por si acaso» y que, ya en el terreno social, aconseja prudencia ante cualquier veleidad de compromiso. 

Y por todo esto, en el grupo Higinio Carrocera pensamos que es, más que oportuno, necesario, recordar y traer al presente de la mejor manera a Georges Brassens. Es decir, a través de sus canciones, pues como él dijo «La mejor forma de conocerme es escuchar mis canciones, y no leer lo que se escribe sobre mi». 

Por eso organizamos una velada de música, canciones, poesía, gráfica y charla. Otra razón es conmemorar el 101 aniversario del nacimiento de Brassens. Sí, ya sabemos que lo ordinario habría sido celebrar el 100 aniversario, las cifras bien redondas, pero estamos tratando, como Brassens, de ser extraordinarios. Pues pensamos que el estado en el que se encuentran las cosas en nuestra sociedad nos lo exige. Conseguiremos ser extraordinarios sólo con vuestro apoyo y concurso. Si sabes tocar la guitarra, si cantas en francés o en alguna lengua de la península, si declamas, si lees poesía, si dibujas y /o pintas, si te gusta escuchar canciones, poesía, ver dibujos y pinturas y charlar. Si te parece que vamos algo retrasados en la indispensable tarea de construir un mundo en el que quepan muchos mundos; razones todas estas que gozan del acuerdo solidario y alegre de los cronopios, si bien no de los famas. En suma, te necesitamos. Lo extraordinario, si se produce, lo será desde la participación cooperativa, lúcida, libre, responsable y crítica en la construcción colectiva de realidades en las que adquieran consistencia la solidaridad y la autonomía, la atención, el cariño y el cuidado de las otras. Vamos soltando la risa y no andemos muriendo tanto.